Desde los tiempos de Aristóteles, los filósofos nunca lo han tenido fácil para trabajar de lo suyo. Hasta que llegó la IA
La Filosofía (así, con mayúscula) promete ampliar nuestros horizontes, expandir mentes e iluminar los recovecos más profundos de la condición humana, pero hay algo que siempre le ha costado mucho prometer: empleo.
Resumen
La Filosofía (así, con mayúscula) promete ampliar nuestros horizontes, expandir mentes e iluminar los recovecos más profundos de la condición humana, pero hay algo que siempre le ha costado mucho prometer: empleo.
La Filosofía (así, con mayúscula) promete ampliar nuestros horizontes, expandir mentes e iluminar los recovecos más profundos de la condición humana, pero hay algo que siempre le ha costado mucho prometer: empleo. Antes de la pandemia el INE publicó las tasas de paro de los principales grados universitarios de España y le salió que en Filosofía rondaba el 18,4%.
No es el peor dato, pero está muy por encima de la media. Ironías de la vida, ahora la misma tecnología que amenaza con destruir miles y miles de puestos en otros sectores está revalorizando la figura de los filósofos.
Claro está, hablamos de la IA.
IA busca filósofo. Hace un mes Henry Shevlin, investigador de la Universidad de Cambridge, compartió con sus seguidores una noticia curiosa en LinkedIn: su fichaje por una de las organizaciones referentes en el campo de la IA, Google DeepMind.
Hasta ahí nada sorprendente. Un académico fichando por una empresa que ya da empleo a miles de personas.
Lo curioso es que Shevlin es filósofo y en su post subraya que se suma a la plantilla de DeepMind como tal. "Sí, título real", insiste antes de precisar que se encargará de trabajar en el campo de la conciencia artificial, la inteligencia artificial general (AGI) y la relación entre humanos e IA.
En Xataka Qué quería decir realmente Sam Altman cuando dejó caer que los seres humanos también consumíamos mucha agua
¿Es un caso único?
Para nada. Y eso es lo más interesante del asunto.
El desarrollo de la IA y la amplia (amplísima) lista de desafíos que lo acompaña ha hecho que las empresas del sector miren con un interés creciente un perfil muy concreto: el de los filósofos capaces de ayudarles a entrenar sus algoritmos, adelantarse a los retos (y riesgos) éticos y legales que puedan surgir en el futuro y, en general, avanzar en un camino tan complejo que requerirá equipos interdisciplinarios. Ya no llega con perfiles técnicos.
Al menos 10… y sumando. Hace poco Wired exploró cómo la industria de la IA está reclutando filósofos y recabó un dato interesante.
Es casi anecdótico y está lejos de ofrecer una imagen global del sector, pero aun así resulta ilustrativo: según sus estimaciones, Google DeepMind cuenta ya con al menos 10 filósofos y Anthropic tiene cuatro. No son grandes cifras, pero a la luz de anuncios como el de Shevlin, la apuesta que las universidades están haciendo por la interconexión entre IA y filosofía y el interés creciente de Silicon Valley por expertos en ética no es descabellado pensar que ambos caminos (inteligencia artificial y pensamiento crítico) avanzarán cada vez más entrelazados.
"Hay muchos más". Que ambos campos se miran con interés lo confirma Iason Gabriel, especialista en ética y parte del equipo de investigadores de Google DeepMind que se encarga de analizar el impacto social de la IA: "Ahora hay muchos más filósofos en esas áreas", explica a Wired.
A modo de referencia, en 2013 únicamente el 1% de los empleos de PhilJobs (una plataforma laboral de referencia para profesionales de la filosofía) estaban relacionados con la IA. En 2025 ese porcentaje rondaba ya el 16%.
Ahora mismo su buscador ofrece 11 vacantes si se hace una búsqueda rápida introduciendo los términos "inteligencia artificial". ¿Hay más pistas? Sí.
El año pasado, durante una entrevista con Tucker Carlson, el director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, reveló que en el desarrollo de sus modelos la empresa consultó con “cientos de filósofos morales y personas que han reflexionado sobre la ética de la tecnología y los sistemas”. Tal vez parezca una exageración, pero el propio directivo reconoció que una de las cuestiones que más le quita el sueño son las derivas éticas de la herramienta.
El foco no lo puso tanto en "las grandes decisiones morales" como en las "decisiones pequeñas" relacionadas con el comportamiento de los chatbots. Por ejemplo, ¿qué preguntas responde ChatGPT y cuáles no? ¿Cómo debe actuar cuando el usuario plantea dudas relacionadas con el suicidio? ¿Cómo actuar ante "situaciones delicadas" y hacer que la herramienta resulte útil en ellas? ¿Cómo, si se tiene en cuenta que a medida que se populariza ChatGPT se enfrenta a usuarios con perspectivas y enfoques cada vez más dispares?
No son solo cuestiones teóricas. En 2025 una pareja de California demandó a OpenAI al considerar que su chatbot había animado a su hijo, de 16 años, a quitarse la vida.
¿Qué puede aportar un filósofo?
El interés de Silicon Valley por los filósofos no es exactamente nuevo, pero es igualmente cierto que la IA ha reforzado su atractivo. "Probablemente este sea el mejor momento para ser filósofo desde que Aristóteles fue contratado como tutor de Alejandro Magno", ironiza el filósofo Henry Ajder.
No es nada sorprendente. Pensadores como él llevan años explorando cuestiones clave en el desarrollo, entrenamiento y futuro de la IA. ¿Puede haber una conciencia artificial?
¿Y una superinteligencia asociada a la IA?
Si es así, ¿cómo abordarla? ¿Podemos hablar de ética en la IA? ¿Basta con que una máquina se comporte como si entendiera o sintiera para atribuirle inteligencia? ¿Y si se usa con fines inmorales, como socavar las democracias, desinformar o crear armas? ¿Es siempre apropiado que la IA imite el comportamiento humano? ¿Cómo responder ante "situaciones delicadas" como la que planteaba Altman? ¿Y los sesgos algoritmos que afectan a cuestiones tan delicadas como la diversidad o igualdad?
Influyéndose mutuamente. Como señalaba en abril el filósofo Manu Collado en un artículo de La Vanguardia en el que analiza el fichaje de Shevlin, Google espera que el experto le aporte "rigor filosófico a la hora de crear marcos conceptuales, clarificar términos como conciencia, agencia e intención y, quizás lo más pragmático en un sentido empresarial, anticipar dilemas éticos y normativos para que la compañía esté preparada".
En resumen, lograr mejores chatbots e ir un paso por delante en los dilemas y desafíos que el desarrollo de la IA pueda generar en el futuro. "Razonar con mayor ética".
Un filósofo experto en lógica y metafísica confesaba hace poco a The Atlantic que una compañía quiso ficharlo como consultor precisamente para "entrenar grandes modelos de lenguaje con el objetivo de que razonaran con mayor rigor sobre ética". Lo cierto es que en ese cruce de caminos no solo los filósofos influyen en la tecnología.
Esta última también está dejando huella en la formación de los estudiantes universitarios, con nuevos programas académicos sobre ética de la IA u ontología aplicada a la tecnología.
Entre la épica y el marketing. No todo son ventajas ni un esfuerzo desinteresado por lograr chatbots cada vez mejores y más competentes frente a los dilemas éticos que les planteemos.
Wired alerta del riesgo de que compañías como DeepMind o Anthropic acaben usando los anuncios de fichajes de filósofos a modo publicitario, como parte de un esfuerzo por mejorar su imagen.
Es decir, que en la práctica el trabajo de Shevlin no influya en las decisiones corporativas de la compañía y quede reducido a simple ‘munición’ para los departamentos de marketing corporativo. El tiempo dirá.
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